4 consejos para una lectura de provecho

hombre leyendo

En mis años de estudiante secundario soñaba con tener una inteligencia prodigiosa que me hiciera innecesario el estudio. Las razones eran dos. La primera era que prefería dedicar mi tiempo a otras cosas más interesantes como por ejemplo ver televisión y andar en bicicleta; y la segunda, que en ese entonces la única forma de estudio que yo concebía –sobre todo en las asignaturas no científicas- era la memorización de todos los textos, absolutamente de todos, hasta de la última coma. Proceso que para mí era una verdadera tortura que quería evitar a toda costa. Con el tiempo, sin embargo, me di cuenta de que no es la inteligencia la que nos “libera” del estudio, sino que, al contrario, es el estudio el que nos libera de la ignorancia llenando con conocimientos el vacío donde antes habitaba aquella. Cuando me di cuenta de esto comenzó para mí un nuevo desafío, el desafío de aprender a estudiar, de aprender a aprender.

Cuando era niño me costaba el estudio en general. Vivía en las nubes. No recuerdo haber puesto atención jamás a una clase, mi mente se evadía en las fantasías más absurdas, como absorbida por un ciclón. En la secundaria, sin embargo, siendo la última etapa antes de ingresar a la universidad, tuve cierta conciencia de que mi futuro dependía, en parte importante, de mejorar mis calificaciones. Por eso tomé la decisión –lo recuerdo muy claramente- de transformarme en un buen estudiante. Mis padres, que tenían esa misma idea, contrataron una profesora de matemáticas que me ayudó en un breve espacio de tiempo a descubrir que éstas me resultaban fáciles y que, además, sentía gusto por ellas. Se produjo entonces en mí una especie de salto cualitativo, un “clic” intelectual que me hizo ver las cosas a partir de ese momento de manera diferente. Comencé así a sobresalir en matemáticas y en ciencias. Pero no sucedió lo mismo con las asignaturas humanistas: castellano, historia o ciencias sociales, pues seguía con mi obsesión por memorizar; y aunque mis calificaciones no eran malas, el estudio era para mí un verdadero suplicio.

Cuando comencé mis estudios de ingeniería en la universidad pensé liberarme de ese suplicio. En parte lo logré; pero sucedió algo inesperado. Descubrí de pronto la belleza de las humanidades. La historia de esa transformación es larga. Pero la podría resumir diciendo que un amigo “humanista” (“humanoide” era el nombre que mis amigos “científicos” les daban a ese tipo de personas) me desveló los secretos de las humanidades –del hombre y su sentido- haciéndomelas comprender al verlas encarnadas, en cierto sentido, en él mismo. En su cultura, sus conocimientos, su percepción del mundo, sus valores, que expresaban la belleza de un universo más grande y maravilloso del que yo había sido capaz de concebir hasta entonces. Fue toda una revelación que me hizo sentir una especie de enamoramiento, de pasión por la literatura, la filosofía, la historia, la teología… de las cuales no sabía absolutamente nada. Nada de nada. Era un universo por descubrir. Me sentí entusiasmado, pero al mismo tiempo, superado. ¿Cómo podría ponerme al día con toda esa cultura? ¿Cómo abarcar rápidamente tantos siglos de sabiduría si yo sólo sabía memorizar? Me sentía confuso, sobrepasado. Pero comencé. Y ha sido desde entonces una larga carrera, torpe, discontinua, desenfocada, pero llena de lecciones y de aprendizaje.

Sobre ese aprendizaje quisiera hablarles ahora. Sobre ese “aprender a aprender”, particularmente de los libros -mis grandes compañeros, mis grandes amigos-, aprendizaje que a mí me ha tomado tantos años y tantos errores manejar con cierta soltura. He aquí algunos consejos al respecto:

1.       No leas basura

Hay demasiados buenos libros en este mundo como para perder el tiempo leyendo basura. Uno es lo que lee. Así como uno se parece de alguna manera a sus amigos o a su cónyuge; del mismo modo, uno se va pareciendo a lo que lee. Si lees basura, tarde o temprano terminarás convertido en ella. Dependiendo de tus intereses, pide consejo. No inventes la rueda de nuevo. Hay gente más inteligente que uno. Acude a ellos para que te den un programa de estudio. No hay nada que contribuya más a la construcción de tu inteligencia que la buena lectura. Los libros nos acercan a los grandes pensadores de todos los tiempos, los convierten en nuestros amigos. No les tengamos miedo. No le tengamos miedo a dialogar con los mejores. Sólo el contacto con los grandes autores de todos los tiempos, su amistad, nos ayudará a subir el estándar de nuestra inteligencia y, en lo sucesivo, a distinguir entre un gran autor y un farsante.

2.      Profundiza

Si quieres aprender sobre un tema no basta leer solo “un” libro sobre él. La formación de la inteligencia requiere tiempo y “enfoque”. Si por ejemplo te interesa dominar el marketing, lo mejor será partir leyendo algún manual clásico, como el de Philip Kotler. Un manual como ese está lleno de referencias bibliográficas. Te faltará vida para poder leer toda la bibliografía contenida allí. Con todo, te recomiendo dos libros que te pueden ayudar a formar una disciplina de estudio. El primero es El trabajo intelectual, de Jean Guitton; y el segundo, Cómo se hace una tesis, de Umberto Eco. Ambos autores están orientados a la filosofía y la literatura respectivamente. Sin embargo, sus consejos son valiosos para cualquier persona que quiera estudiar en serio desde su casa.

3.      Lee “lento”

En mi afán por aumentar la cantidad de libros que leía, sobre todo considerando que era un ingeniero con poco tiempo para leer, quise aprender metodologías que me permitieran leer más rápido. En esto llegué a la “súper lectura”, un método mediante el cual supuestamente yo podría meterme un libro completo en la cabeza en unos pocos minutos y luego sacarlo de mi subconsciente por algún secreto mecanismo. Lo intenté, pero no lo logré. No retuve nada de lo que intenté leer por medio de ese método durante el año en que estuve practicándolo. Finalmente desistí. Además de que no me aprovechó la lectura de ningún libro leído de esta manera, me di cuenta de que quienes supuestamente manejaban este “arte” de la “súper lectura”, no eran personas particularmente inteligentes o que hubiesen hecho grandes aportes al pensamiento. Algo raro había detrás de todo.

Años después llegué a la “lectura veloz” y, en general, a todos los métodos de estudio y memorización de un español notable, Ramón Campayo. Ramón es un superdotado, un acróbata de la memoria, realmente un prodigio. Es un espectáculo verlo. Sus métodos son muy valiosos y aprendí mucho de ellos. Los recomiendo. Sin embargo, sus métodos están pensados para convertirte en un “acróbata”, no en un intelectual. Él te ayuda notablemente a “meterte” un millón de ideas en la cabeza, pero no te enseña a “producir” ninguna. En el fondo, te enseña a “memorizar”, pero no a “pensar”. Con todo, es un primer paso que recomiendo dar.

La lectura de provecho, sin embargo, debe ser realizada con “intención”, con atención reflexiva y en diálogo con el autor. Debemos escuchar al autor, pero también “hablar” con él: juzgar sus ideas, discutir con él. Si no nos convence, no aceptemos sin más sus argumentos. Esa es la forma inteligente de leer. Quisiera detallar ahora los pasos de una buena lectura “lenta”.

  • Leer la tapa y el índice y luego recorrer todos los capítulos rápidamente tratando de sintetizar el libro sin realizar todavía su lectura. Tratemos de descubrir la idea central del libro y escribirla en una hoja de papel con nuestras propias palabras. Este proceso preparará nuestra inteligencia para una lectura más inquisitiva.
  • Iniciar la lectura del libro en diálogo con él, esto es, tomando notas, rayando el libro (o una hoja de papel si no vale la pena arruinar el libro), resumiendo, rumiando las ideas, completando la lectura con información adicional. No pasar ni un solo párrafo sin hacer un esfuerzo honesto por comprenderlo, esforzándonos cuanto fuere necesario para ello.
  • Finalmente, una vez terminada la lectura, prepararemos una síntesis del libro. Una síntesis pequeña, sencilla, que nos permita retener las ideas centrales del libro y hacerlas nuestras

Este método toma tiempo, cansa. Pero los resultados serán notables. Con el tiempo, lo notarás tú y lo notarán los demás.

4.      Relee

Si te enamoras, cásate con ella. Si un libro vale la pena, vuelve a leerlo. La repetición es fundamental para la consolidación del aprendizaje. La madurez nos ayudará a entender cada vez con mayor profundidad ideas que en un comienzo las entendimos de modo muy superficial. En el estudio, como en la amistad, importa más la calidad, que la cantidad. Pocos amigos, pero buenos; pocos libros, pero buenos y bien leídos.

Para concluir, quisiera decirte que así como una “amistad veloz” difícilmente es una verdadera amistad, una “lectura veloz” difícilmente es una buena lectura. Dedícale tiempo a los libros, como se lo dedicas a tus grandes amigos. Porque los buenos libros son muchas veces tus mejores amigos.

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