El sentido y la felicidad (2)

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En el artículo anterior señalamos que el actuar humano puede mirarse desde tres perspectivas: (1) la perspectiva del sentido, (2) la perspectiva de la “acción” y (3) la perspectiva del “ser”. La perspectiva del sentido nos muestra cuáles son los grandes objetivos de nuestra vida. Estos objetivos sólo pueden ser alcanzados si acometemos las acciones que nos llevan a ellos (esto nos lo muestra la perspectiva de la acción). La acción, sin embargo, no surge del vacío, sino de lo que “somos”, de las virtudes que nos perfeccionan. De esta manera, si nuestro objetivo es crear una empresa (el sentido), debemos realizar las “acciones” que nos conducen a ello, pero esto no será posible si no poseemos las habilidades que nos permiten llevar a cabo esas acciones, esto es, si no “somos” empresarios. Nadie es pianista sólo por tener un piano. Somos pianistas cuando podemos interpretar con maestría el instrumento, cuando “somos” pianistas.

Habíamos dicho, sin embargo, que debíamos partir por el sentido. Eso haremos. Hablaremos ahora del sentido de nuestra vida.

Viktor Frankl, el reconocido psiquiatra judío-austríaco, escribió un libro considerado una joya de la literatura universal y un aporte notable a la psicoterapia, El hombre en busca de sentido. En este libro, Frankl narra su experiencia como prisionero en los campos de concentración nazis y esboza su teoría psicoterapéutica, la logoterapia, o terapia del sentido.

Frankl tenía cerca de 37 años cuando fue tomado prisionero por los nazis, junto a sus padres y a su joven esposa embarazada. Sólo él logró sobrevivir al llegar el final de la guerra. Las privaciones y humillaciones por las que tuvo que pasar fueron innumerables. Para resistir esa situación tan extrema, Frankl recurrió a dos recursos: (1) el recuerdo imaginativo de su esposa y (2) la imaginación de un futuro posible en el que él, ya liberado, dictaba conferencias en un lugar agradable sobre su experiencia en los campos de concentración. Frankl pudo observar en los campos de concentración que no necesariamente eran los más robustos quienes sobrevivían, sino aquellos hombres con una rica vida intelectual, que de alguna manera eran capaces de evadirse del mundo en que vivían viajando a lo profundo de su vida interior. Eso fue precisamente lo que él hizo. Recordar a su esposa, con la cual dialogaba en su imaginación, llenándolo de amor; e imaginar un futuro posible, un futuro feliz, posterior al cautiverio. Frankl notó que los prisioneros que perdían la confianza en el futuro, en su futuro, estaban perdidos, les faltaban las fuerzas, tenían los días contados.

Pero, ¿cuál es el sentido de nuestra vida? ¿Hay alguna razón por la cual vivir, por la cual actuar? La hay, por cierto. Esa razón es la felicidad. Vivimos para alcanzar la felicidad. Lo contrario sería vivir para la miseria y la tristeza, lo cual es absurdo. Vivimos para ser felices, y eso determina el sentido de nuestro actuar, eso le da propósito a nuestras acciones. Surge entonces otra pregunta: ¿Qué es la felicidad?

Escribí un largo artículo sobre esto anteriormente. Sin embargo, lo exagerado de su extensión quizás hizo un tanto difícil su lectura. Por eso ahora pretendo explicarme de a poco y de una manera más bien sintética. Voy a usar para ello un lenguaje filosófico, no psicológico. Aclaro esto porque la psicología nos dice cómo se manifiesta la felicidad en el ser humano corporal, pero no nos dice qué es la felicidad. Esto último nos lo dice la filosofía. Es ella la que se pregunta por las últimas causas. Con todo, ambos saberes son complementarios. Pero yo usaré el lenguaje propio de la filosofía.

La felicidad es la condición del hombre que posee el bien perdurable, el bien real que corresponde a su naturaleza humana. La posesión del bien perdurable produce manifestaciones emocionales diversas en él. Éstas emociones son una parte constitutiva de la felicidad, pero no son la felicidad misma. Considerar el placer o la emoción positiva como la felicidad en sí misma es una concepción errada de la felicidad que se llama hedonismo.

Esta concepción errada de la felicidad, entendida como un continuo de experiencias placenteras, es fácil de desmontar cuando pensamos en la película Matrix. En esta película el mundo está dominado por las máquinas, y los seres humanos viven desconectados de la vida real, en coma inducido, sumergidos en una cápsula con un fluido conservante y convertidos en proveedores de “energía” para las máquinas. Esto es su vida real. Sin embargo, su conciencia vive lejana en un mundo imaginario, en un mundo de sueños, lleno de experiencias satisfactorias y placenteras. Mientras, su energía vital es consumida por quienes los habían convertido en sus esclavos.

La verdad es que nadie quiere vivir en una situación así. Todos preferimos vivir una vida real, a pesar de los problemas que ella traiga consigo, porque sabemos que una felicidad verdadera sólo será tal si se experimenta en la vida real y no en la fantasía, aunque esta última asegure la perdurabilidad de la experiencia placentera.

Volviendo a nuestra definición preliminar de felicidad como la condición en la que poseemos en forma perdurable el bien que conviene  a nuestra naturaleza, podemos profundizar en ella intentando explicar en qué consiste precisamente este “bien” que conviene a la naturaleza humana.

Un aporte notable sobre esta materia lo hizo el filósofo de Oxford John Finnis quien, en colaboración con el también filósofo Germain Grisez, definió 8 bienes básicos que agrupan todo bien humano posible. Estos 8 bienes básicos son:

La vida.- Es la vida biológica, la salud, la seguridad, la procreación.

El conocimiento.- Es la satisfacción del deseo de saber, que tiene su última razón de ser en la necesidad de conocer la verdad.

La experiencia de la belleza.- Es el gozo de la música, la pintura, la poesía, el paisaje; en el fondo, de toda la belleza contenida en cada rincón de nuestra existencia.

El juego/trabajo.- Es la diversión que se presenta como desafío o reto que nos exige el desarrollo de nuestras habilidades

La armonía con los otros.- Es la consumación del amor en todas sus manifestaciones.

La armonía en uno mismo.- Es la paz interior lograda por la victoria sobre situaciones de confusión, duda, angustia o inquietud.

La armonía entre nuestras elecciones y nuestras acciones.- Consiste en vivir de acuerdo con lo que pensamos, sin disonancias de ningún tipo. En el fondo, es la “coherencia”.

La armonía con Dios.- Es haber encontrado respuesta a la pregunta por el sentido último de nuestra existencia y vivir conforme a ello.

Estos 8 bienes básicos ofrecen un interesante aporte práctico a nuestra vida. Quizás aún no seamos capaces de apreciarlo a simple vista. Pero comenzaremos a profundizar en ello y a tomar conciencia de su utilidad en el próximo artículo.

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  1. […] la felicidad me interesa menos la teoría que la práctica. En el artículo sobre El sentido y la felicidad (2) prometí que comenzaríamos a ponernos prácticos. Eso es lo que pretendo hacer ahora. Para eso voy […]



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