Faltan hombres y sobran albóndigas

Albóndigas

Me he portado mal con este blog. Muy mal. He escrito poco. Es que he tenido demasiado trabajo estas últimas semanas. Estoy siguiendo el programa de validación de mi idea de negocio mediante el método running lean, que me han enseñado en Bomba Camp, y ahora estoy en fase de entrevistas a prospectos. Tengo una meta de entrevistas que realizar antes del martes, y ha sido difícil cumplirla. He tenido que caminar por todo Santiago -¡con un calor!- tratando de que me atiendan los Directores de Obra (los gerentes que dirigen los proyectos de construcción en terreno) para preguntarles si tienen el problema que yo creo que tienen o no lo tienen.

Cuando camino por la ciudad, con 36° de calor, para llegar a las obras, explicarle más o menos al portero lo que quiero hacer (que no es fácil de explicar), esperar 30 min luego, para darme cuenta, después de ese tiempo, que nadie se había acordado que yo estaba ahí esperando a alguien, y todo financiado por mí (o, mejor dicho, por el Banco que me presta la plata), pienso en todos esos tipos que lo único que quieren es que alguien les regale la vida mientras se rascan la guata mirando alguna teleserie… ¡Hombre! Si la vida no te cuesta te transformas en albóndiga. Yo no me puedo imaginar a nuestros primeros padres -los hombres prehistóricos- saliendo de cacería, quizá por varios días, expuestos a las inclemencias del clima, con hambre, sed, un cansancio terrible, en la situación de escuchar las quejas de un hijo del Estado Benefactor que reclama por el seguro de salud, la educación gratis, la AFP, el viático, la gratificación y el bono de no se qué. Se le ha metido a mucha gente en la cabeza la falsa idea de que la vida es algo que alguien te tiene que regalar. ¡La vida es una conquista, hombre! ¡Y se conquista con el trabajo duro, que así se forja el carácter!

Un hecho empírico. Llega una familia de inmigrantes a un país, con una mano adelante y la otra atrás: sin nada. No hay plata y los niños tienen que trabajar. Cuestión de cultura, cuestión de valores. Y trabajan. Y trabajan duro, y pasan hambre; pero las cosas les comienzan a salir. Primero venden pan puerta a puerta, después venden empanadas -que preparan ellos mismos-; ponen un pequeño local de mercaderías, donde ellos hacen de todo: desde barrer hasta limpiar el baño; luego ponen dos; luego hacen una tienda un poco más grande; logran poner un supermercado, y finalmente crean Cencosud y construyen el rascacielos más grande de sudamérica (la historia de Horst Paulman no es muy diferente a la que acabo de relatar, aunque ahora lo acusan de tener un pariente nazi los envidiosos).

Los hijos de estos hombres tampoco tuvieron una vida fácil. Fueron a la universidad, por cierto, pero trabajaron siempre con sus padres, a quienes apenas les pudieron seguir el ritmo. Cuando el fundador muere, ellos se hacen cargo. Las cosas todavía andan bien. Sus padres fundaron sobre roca firme. Sin embargo, los hijos de estos últimos son un tanto distintos: fueron a los mejores colegios, nunca les faltó nada, estudiaron en buenas universidades, probablemente continuaron sus estudios en el extranjero, viajaron por Europa, se compraron ropa fina, se inscribieron en los mejores clubes: donde juegan golf y polo, y no se pierden los happy hours, ni las fiestas, ni nada in. En eso mueren sus padres, heredan la empresa, y comienza el lento proceso de destrucción, que en realidad ya había comenzado mucho antes: cuando la vida fácil les comenzó a destruir el carácter.

Con los países sucede lo mismo. No hay nada. El que no trabaja se muere de hambre (igual que los cazadores prehistóricos). Los hombres se relacionan, comercian, batallan día a día hasta el agotamiento, y se comienza a crear riqueza. Muchos comienzan a prosperar, y con ellos otros que los siguen. El país comienza sistemáticamente a ser un país más rico. Todos, eso sí, tienen algún pariente pobre; pero las familias se ayudan, o sus comunidades religiosas los ayudan, o los vecinos. Es espontáneo, es libre. Se llama amor, amistad, y se suele agradecer. Pero vienen unos tipos a quienes les aterra la espontaneidad, la libertad, y se inventan un trabajo raro: se hacen políticos. Empiezan con la ingeniería social y a crear derechos por aquí y derechos por allá, y beneficios por aquí y bonos por allá, y todo se comienza a enredar, y ellos siempre se vuelven a presentar como los grandes salvadores de los problemas que ellos mismos crearon, con esa lógica estúpida de conseguir sistemáticamente, y a la fuerza, que todos vivan a costas de los otros, les guste o no. Le llaman “solidaridad”, pero ya no se agradece, ahora se exige con violencia. Es que es un derecho, dicen los políticos, mire usted.

Esto, por supuesto, no se detiene nunca. Siempre se añade un nuevo impuesto y un nuevo derecho. ¿Cuál es el resultado? La crisis Europea, la España de Zapatero, los más de cinco millones de desempleados y la bancarrota del Estado, que no tiene cómo pagar todos los derechos sociales que se inventó, y no tienen cómo remontar la cultura de mediocres y funcionarios que creó ¿La solución brillante? Pedir prestado para seguir pagando (total, imprimir papel no es tan difícil), y quitar -dentro de lo que se puede- toda la sarta de derechos raros que la imaginación política logró crear, tarea nada fácil.

Feuerbach decía que Dios era una creación del hombre que buscaba con ello dar respuesta a todas sus necesidades insatisfechas. Se equivocó redondito el muy ingenuo. En realidad, lo que se inventaron los hombres fue ¡el Estado!

Nuestros amigos, los hombres prehistóricos, no habrían entendido nuestro mundo y sus derechos raros. En absoluto. En ese tiempo sencillo, a falta de cosas, sobraban hombres. ¿Ahora? Sobran happy hours, sobra farándula, sobran derechos y sobran albóndigas. ¿Hombres? Hombres casi no veo. Quizá cuando el mundo se termine de desarmar vuelvan a surgir, como antaño: sencillos, austeros y trabajadores.

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