La auténtica felicidad de Martin E.P. Seligman

Martin E. P. Seligman

Antes de comenzar a leer La auténtica felicidad (Authentic happiness, en su título original) de Martin E. P. Seligman, estaba bastante escéptico con respecto a lo que leería. De hecho, decidí leer el libro sólo porque en ese entonces estaba escribiendo sobre la felicidad y quería entender ciertas visiones alternativas.

Es muy cierto que parte importante del conocer, más que en entender lo que las cosas son, está en comprender lo que no son. Cuando compré el libro de Seligman entonces lo hice con el ánimo de quien espera encontrar lo que no es la felicidad. Pero mientras pasaba rigurosamente las páginas del libro, una tras otra, un tanto malhumorado y crítico, me fui descubriendo cada vez más encantado con este honesto, pragmático e irrenunciablemente empírico psicólogo judío-americano, que había fundado la psicología positiva: la psicología de la plenitud humana, de la felicidad.

Mi prejuicio inicial no era más que la expresión del profundo desprecio que siento por toda esa diarrea de psicologismo de autoayuda devenida religión natural (Naranjo por arriba y Santandreu por abajo), y por ese guruísmo pseudomístico (Chopra, Coelho, Fischmann y tantos más…), que hoy son tan abundantes como estériles.

Pero la psicología de Seligman es otra cosa. De partida, con esa aguda formación científica que tiene, no pretende sobrepasar los límites de su método, ni agotar toda explicación humana en la psicología, tentación en la que es fácil caer cuando se abordan cuestiones tan profundamente humanas y amplias como la felicidad. Seligman, así, es un hombre profundamente humilde intelectualmente.

¿Pero qué dice Seligman sobre la felicidad?

Seligman plantea que la psicología, con cierta ceguera, se había ocupado hasta el momento, principalmente, de tratar la enfermedad, es decir, de llevar al hombre de un estado de -6 a un nivel cero; pero en realidad lo que todos queremos es ir de cero a +5 ó a +8.  En el fondo, queremos ser felices. Y eso más bien consiste en ir de lo malo a lo bueno, y de lo bueno a lo mejor.

Si se pudiera resumir el trabajo de Seligman en pocas palabras se podría decir que es la confirmación empírica de la ética aristotélica, la ética de la virtud. Lo que el gran Aristóteles comprendió en su filosofía hace 2.400 años (que en ese entonces no estaba separada de la ciencia, como lo está ahora), Seligman lo sustentó con resultados experimentales. El hombre feliz, en el fondo, es el hombre virtuoso.

La psicología de Seligman pone al hombre en relación con el mundo dentro del espectro temporal: pasado, presente y futuro. De cómo se den nuestras relaciones con los hechos del pasado, los desafíos del presente y los propósitos del futuro depende nuestra felicidad ahora. Así por ejemplo, propone la práctica habitual de las denominadas emociones positivas (un concepto clave en su psicología), que nos disponen a una relación positiva con el pasado, como por ejemplo la gratitud y el perdón; o con el futuro, como el optimismo y la esperanza, en oposición a emociones negativas como el resentimiento (en relación con el pasado) o la desesperanza (en relación con el futuro).

En cuanto al presente, nos pone ante dos posibilidades: (1) el placer y (2) la gratificación. El primero se refiere al disfrute de la sensación cruda, esto es, de aquella sensación producida por un estímulo que no requiere mayor esfuerzo, como por ejemplo comer un helado, darse una ducha caliente, ver una sitcom, practicar un juego de azar… Seligman dice que el placer es bueno, pero con moderación (con templanza), pues presenta estudios que muestran cómo el placer disminuye proporcionalmente al aumentar la cantidad de estímulo que lo produce hasta el punto de producir insatisfacción y adicción.

La otra forma de ser feliz en el presente es mediante la gratificación, esto es, mediante el disfrute producido por la realización de actividades nobles, como por ejemplo, hacer una obra de caridad, practicar un deporte, escalar una montaña, escribir una novela, tocar un instrumento… Seligman dice que hay actividades que, una vez superados ciertos niveles de esfuerzo en su aprendizaje, producen un gozo que supera lo meramente emocional (se pierde la conciencia de la emoción), tal como la que experimenta el virtuoso del piano mientras interpreta una pieza musical, por ejemplo, o el escritor absorto en lo que escribe. Es la felicidad de la virtud, la gratificación producida por la ejecución de una acción que roza la perfección. En el fondo, es la eudaimonia aristotélica, que el psicólogo Mihály Csíkszentmihályi describió tan bien en sus estudios sobre fluidez o flujo (flow, en inglés).

Una vida con significado, un placer moderado, realización de acciones nobles (virtud) y fomento de la emoción positiva resumen muy bien lo que Seligman nos propone para ser felices, para vivir una vida buena.

Un gran psicólogo, un gran libro y un gran aporte a la psicología y al conocimiento de la naturaleza humana.

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