La búsqueda de la perfección

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Ser un amante de la música sin duda es la razón de la particular admiración que tengo por los grandes intérpretes instrumentales, por esos grandes virtuosos de la música que han alcanzado las cumbres del arte y la técnica interpretativas en el piano, el violín, la guitarra, el cello y en tantos otros instrumentos cuyos sonidos perfectamente emitidos parecen abrirnos por un momento las puertas del paraíso. Al escribir este artículo recuerdo particularmente bien la deslumbrante y arrolladora interpretación que el gran virtuoso ruso del piano, Acadi Volodos, hizo de un arreglo propio de la Polka Italiana de Rachmaninov en un concierto al aire libre en Amsterdam. Para todos los que estuvieron presentes esa noche, fue sin duda una ocasión inolvidable. Quisiera compartir con ustedes el link de esa interpretación, porque no todos los días uno tiene la oportunidad de entender de forma tan elocuente lo que significa que algo esté bien hecho. Les invito a verla hasta el final: Arcadi Volodos en Amsterdam.

Pero no sólo la interpretación musical está llamada a realizarse con ese nivel de perfección. Todos los ámbitos de nuestra vida están presentes ante nosotros como una enorme cadena de montañas cuyas cimas estamos llamados a alcanzar. Y la razón es muy sencilla: alcanzar esas cimas no sólo nos proporciona la satisfacción del logro y la perspectiva de la cumbre, sino, lo más importante, la propia perfección personal. Nadie puede llegar a tocar el piano como Arcadi Volodos, ni alcanzar la cumbre del Everest, como lo han hecho algunos hombres, si al mismo tiempo no ha dejado grabada en sí mismo la profunda huella de transformación personal de los largos y arduos años de práctica o entrenamiento, transformación que no es sólo física, sino sobre todo psíquica y moral.

La siguiente figura muestra el proceso de aprendizaje humano. Veámosla con atención.

Mapa causa-efecto del actuar humano

La figura nos muestra un “mapa” general de las relaciones causa-efecto del actuar humano. Está dividida en tres perspectivas. Una perspectiva de los resultados (arriba), una perspectiva del “hacer” (al centro), y una perspectiva del “ser” y del “crecer” (en la base). Nada sucede sin una causa. Los “resultados” son causados por el “hacer” humano, y este último a su vez está como “guardado” en el “ser” personal. Así, por ejemplo, si quiero interpretar una sonata de Mozart en piano (el resultado), tengo que apuntarle a las teclas de un piano con mis dedos (el “hacer”); pero esto va a ser imposible si antes yo no “soy” un buen pianista (el “ser”).

Pero falta todavía hacer una pequeña indicación para completar la descripción del “mapa”. La perspectiva del “ser” no es estática. Por eso también es una perspectiva del “crecer”. Nadie nace “listo” para la vida. Todos debemos pasar por un continuo proceso de perfeccionamiento personal (o de “desarrollo personal”, como le llaman los psicólogos). Ese perfeccionamiento tiene su catalizador, en importantísima parte, en el “hacer”. En la medida en que “actúo”, aprendo. Es así que intentando una y otra vez apuntarle a las teclas del piano me voy transformando en un pianista. Ése es el sentido de la flecha que, en el mapa, retorna desde el “hacer” al “ser” produciendo un “resultado interno”. El “hacer” (el hacer virtuoso) produce un crecimiento del “ser”.

Este es el proceso entonces sobre el que se construye el perfeccionamiento personal. Pienso que es sencillo entenderlo, no así vivirlo. Una de las primeras dificultades que podemos experimentar es la abrumadora cantidad de ámbitos en las que podemos buscar la perfección. Debe ser una sensación similar a la del montañista novato que debe elegir su primera cumbre. Sin embargo, debemos elegir. Porque la alternativa es la mediocridad. Un montañista que no sube cumbres, o las sube a medias, no es un montañista o es un montañista mediocre. Un hombre que no busca escalar las cumbres de la perfección, o las sube a medias, no es un hombre o es un hombre mediocre. Y nadie tiene “vocación” de mediocre, la mediocridad no es camino ni cima, es un hoyo profundo en el que caen los necios.

En definitiva, siendo tantos los ámbitos en que podemos buscar la perfección, me atrevería a señalar tres que considero fundamentales e irrenunciables. El primero es la profesión (u oficio); el segundo, las relaciones con los otros; y el tercero, las relaciones con Dios (la religión). Los tres constituyen la tríada de cumbres de la perfección humana, como vemos en la figura siguiente:

Las tríada de cumbres de la perfección humana

 

Prescindir de alguna de estas tres “cumbres” es, de alguna manera, limitar nuestras posibilidades de perfección, dejar “coja” la mesa que sostiene nuestro crecimiento personal.

Si bien en este blog me enfoco principalmente en la búsqueda de la perfección personal en función de la vida profesional, pecaría de reduccionista si sólo pretendiera explicar la perfección humana en ese ámbito. La plenitud humana no puede alcanzarse sólo trabajando mejor. Uno no puede conformarse con ser un excelente ingeniero, pero un esposo mediocre y un padre ausente. Lo mismo con Dios. Si se practica una religión, que no es otra cosa que la forma de denominar la “relación” con Dios, ésta ha de plantearse como corresponde y no a medias.

Cinco son las claves para alcanzar la “cumbre”, la cima de la perfección en algo. Las enumero a continuación enfocándome primordialmente en la actividad profesional.

1)      Pasión (o amor)

Así como es muy difícil sobrellevar las dificultades del matrimonio si uno no se casa enamorado, del mismo modo, es muy difícil llegar a la cumbre de la perfección profesional si no estamos enamorados de nuestro trabajo. Debemos estar enamorados de lo que hacemos, sentirlo como una verdadera vocación, como una misión que tenemos en la vida, que trasciende nuestra propia existencia. Llegar al dominio eminente de una profesión, si ésta no nos atrae con pasión, es francamente imposible, y hasta podría convertirse en una tortura. Como podría sucederle a un cirujano que no soporta ver sangre. Debemos entonces tener pasión por lo que hacemos.

2)     Talento

El segundo aspecto es el talento. Para llegar a la cumbre en una profesión necesitamos tener talento para ello. Pasión y talento suelen darse juntos. Es muy difícil disfrutar un trabajo que no se hace bien. Los ámbitos del talento en una profesión pueden ser muchos. Recuerdo el caso de Nadia Boulanger, que se inició en la música como intérprete y compositora, pero que alcanzó la cumbre profesional como “pedagoga”. De ella se dijo que fue la más grande pedagoga musical que jamás existió. De hecho, fue la mujer que devolvió a Piazzolla al tango, cuando éste decepcionado por el rechazo y el fracaso ya había renunciado a él por la música clásica.

En otro artículo hablé con detenimiento de la importancia de la convergencia entre pasión y talento para alcanzar la felicidad en el trabajo. Si te interesa, puedes revisarlo en el siguiente link: Felicidad y trabajo. Una matriz de 4 cuadrantes nos da la clave.

3)     Metas claras y elevadas.

Si nuestra ambición es “corta” nuestros resultados también lo serán. Es imposible convertirnos en virtuosos del piano si no pasamos de interpretar la “polka del perro”. Conozco a personas que durante décadas no pasaron de interpretar en el piano la “polka del perro”. Y ahí se quedaron. No es el mero paso del tiempo lo que causa la perfección personal y profesional. La perfección se da “en” el tiempo, pero no a causa de él. Lo que causa la perfección es el incremento sistemático en la dificultad de los desafíos que emprendemos. Es imprescindible, por tanto, aspirar gradualmente a metas más altas y específicas. Y no me refiero a un sueldo más alto o a un cargo más alto, que a veces puede darse y otras no. Me refiero a cumbres de conocimiento, de dominio o de perfección en la realización misma del trabajo. Recordemos que en la realización del trabajo hay dos resultados, uno “externo” y otro “interno”. Debemos aspirar a ambos. De hecho, no se da uno sin el otro. Sin embargo, el segundo (el resultado interno) es el más importante, porque es, en el fondo, el logro de nuestra propia perfección. Eso es lo que nos hace grandes, no el dinero ni el cargo. Recordemos que Mozart, quizás uno de los más grandes músicos de toda la historia, murió consumido por la enfermedad y la pobreza. Debemos entonces imponernos metas claras y elevadas, otra cosa sería vivir atascados en la “polka del perro”.

4)     Enfoque

No se puede ser bueno en todo, menos perfecto. La principal razón de ello es que el tiempo sencillamente no alcanza. Si fueron aplicados y vieron el vídeo de Arcadi Volodos al comienzo de este artículo, pudieron darse cuenta de su enorme virtuosismo como pianista. Pero al mismo tiempo, pudieron darse cuenta también que no es precisamente una sílfide, tiene una talla bastante gruesa, lo que me hace pensar que no es particularmente dotado para la gimnasia o el ballet. Se enfocó en el piano. Hay que enfocarse. Hay que elegir. El tiempo no alcanza para todo. Hay que escoger una disciplina en la cual ser excelentes y dedicarse. También, por cierto, debemos buscar la perfección en aquellas otras dos dimensiones irrenunciables: la relación con nuestros semejantes y la relación con Dios. Con esto tenemos para toda la vida.

5)     La práctica

Chris Botti, el gran trompetista de jazz, declaró una vez en un concierto en Boston que la clave de sus éxito había sido practicar, practicar, practicar…y ser amigo de Sting. Estoy de acuerdo con él en todo. El éxito depende de muchos factores además de nuestro esfuerzo personal. Sin embargo, lo que nos interesa abordar en este artículo es el vínculo que hay entre perfección “personal” y “profesional”, no el “éxito”. Muchas veces la perfección profesional y el éxito van de la mano; otras, sin embargo, no. Pero el hombre enamorado de su trabajo, el hombre con vocación, sabe dónde poner los acentos, sabe, en el fondo, que su trabajo es una expresión de lo que él mismo es. Por eso no se cansa de estudiar, de practicar, de profundizar, de revisar, de corregir, de entrenar, de ir más allá. Para un hombre apasionado por su propia excelencia y la de su trabajo, siempre hay una cumbre más alta que alcanzar, y sabe que por eso debe pagar un precio. Ese precio es el de llevar los propios talentos a sus límites, hasta el punto donde duele, donde salen lágrimas de cansancio y desaliento, porque es allí donde precisamente se expande el hombre, donde crece, donde alcanza su perfección.

Y termino recordando que en la lápida de un mediocre se encontró alguna vez el siguiente epitafio: “lo perfecto es enemigo de lo bueno”.

 

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