La grandeza de esos pequeños detalles que “nadie” ve

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Una vez escuché una hermosa historia sobre la construcción de las grandes catedrales de Europa. Bellísimas y gigantescas obras de arte, algunas de las cuales tardaron más de cien años en ser terminadas. Fueron construidas por hombres y mujeres —carpinteros, herreros, vidrieros, escultores, pintores, entre otros— que renunciaron, muchas veces, a firmar sus obras, sacrificando sus vidas anónimamente en un proyecto que probablemente nunca verían terminado. ¿Por qué alguien podría estar dispuesto a hacer algo así? Se cuenta a propósito de esto la historia de un carpintero que se afanaba grandemente en tallar una pequeña ave de madera en una viga escondida en lo alto de la iglesia, muy lejos de la vista de la gente. Un hombre que lo vio trabajar tan afanado le preguntó por qué se esmeraba tanto en terminar algo que finalmente nadie vería. El carpintero respondió: “Porque Dios lo ve”.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, las cosas han adquirido un nueva fisonomía. Hoy es difícil encontrar hombres que respondan como aquél carpintero y estén dispuestos a sacrificar sus vidas por un trabajo que “nadie” ve. Es cierto que hoy todavía surgen obras extraordinarias en el plano intelectual, artístico, científico y empresarial, sin duda llamadas a perdurar en la historia casi tanto como aquellas hermosas catedrales europeas. No obstante, hoy constituyen un solitario oasis en el árido y extenso desierto de la mediocridad, madre por antonomasia de lo efímero.

¿Por qué? ¿Por qué se ha extendido de forma tan drástica este desierto? Sin duda que la extirpación masiva desde las conciencias de los hombres de ese Dios que “ve” en lo secreto ha sido en gran parte una de las causas. Al acortarse el horizonte de lo perdurable, los ideales también se acortan, como se “estrecha” el crecimiento de un árbol condenado a crecer en un pequeño macetero. Una segunda causa, que de alguna manera es consecuencia de la primera, es que una vez desaparecido el escrutinio de Dios sobre nuestro trabajo hemos transferido a los hombres el juicio y el pago por él. Pero como estos, a diferencia de Dios, no pueden ver en lo secreto, tampoco pueden juzgar ni pagar por ese trabajo que no se ve. Es así que el trabajo escondido ha perdido su valor para nosotros, y lo hemos condenado a morir en la orfandad, como se condena a un recién nacido indeseado a morir en el anonimato en un frío basural, o en un desagüe, sin considerar que al morir éste, de alguna manera, ha muerto también una parte de nosotros mismos.

Pienso que esta última imagen expresa mejor que ninguna otra lo que significa el trabajo para nosotros. El trabajo está vinculado a los hombres como un hijo lo está a sus padres. Y así como un padre no puede renunciar a sus hijos sin traicionar su propia naturaleza, tampoco un hombre puede renunciar a la obra de sus manos sin traicionarse también a sí mismo. El fruto de nuestro trabajo, así como un hijo, siempre nos pertenecerá, aunque al desprenderse de nosotros haya adquirido, de alguna manera, vida propia. Los hijos, siendo únicos e irrepetibles, se parecen siempre a sus padres, llevan en ellos grabada la huella imborrable de sus orígenes, de su pertenencia. Nuestro trabajo será siempre, querámoslo o no, una expresión de nosotros mismos y llevará consigo adónde vaya el nombre que le hemos dado.

Una segunda imagen que, según me parece, refuerza la idea que hemos venido desarrollando, es la que presenta a este mundo como un gran “teatro” en el cual se presenta un “show”, el “show” de nuestra vida. Así como los actores de una obra de teatro representan un papel ante el público que los observa, los hombres que han decidido que su trabajo dependa exclusivamente del escrutinio de los otros, han transformado su vida profesional, y con ello una parte de sí mismos, en un “show”, en un espectáculo, mejor o peor, en el cual ellos solamente representan un papel, pues han renunciado a su existencia real para transformarse simplemente en personajes de ficción; en definitiva, en lo que no son.

El trabajo hecho con perfección es el catalizador de nuestra propia perfección, de nuestra propia elevación personal. Sin embargo, esta perfección no será tal, será sólo apariencia, si no somos capaces de vincularnos a nuestro trabajo como un padre se vincula a un hijo, cuyos lazos de amor perduran en el tiempo más allá del juicio de los hombres, más allá de lo que los otros alcanzan a ver. Nuestra perfección sólo será real si estamos dispuestos a renunciar a la cobarde posibilidad de vivir nuestra vida representando un papel para plantarnos con seguridad ante nosotros mismos como quienes somos y no como “personajes” que han ocultado su verdadero rostro detrás de una máscara y han vendido su vida a quien pague por ella.

Son esos pequeños detalles que “nadie” ve, esos rincones de nuestro trabajo que quedan en el secreto de nuestra conciencia, la luz que nos muestra con toda la elocuencia de su susurro, quien es el hombre que los ha engendrado. Ellos con su mirada de hijos nos dicen a la cara, una y otra vez a lo largo de nuestra vida, cuan grandes somos o cuan pequeños.

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