Nuestros héroes muertos

quijote

Disfruto enormemente, cada vez que la veo, En busca de la felicidad (The persuit of happyness, en su título original), la gran película inspirada en la historia de resiliencia de Chris Gardner, un hombre que pasa por graves dificultades económicas y familiares, pero que decide salir adelante en la vida junto a su pequeño hijo, y venciendo obstáculos imposibles lo logra. Triunfa.

Chris Gardner, sin embargo, no es una golondrina solitaria en un día de invierno. Son muchas las historias como la suya, historias de hombres que, sufriendo dificultades aparentemente irremontables, resultaron victoriosos en la lucha por conquistar sus sueños. Un Robert Kiyosaki, por ejemplo, que llegó a quedarse en la calle junto a su joven esposa, al no estar dispuesto a renunciar, buscándose un empleo, a su sueño de ser empresario. O un Timothy Ferris que, de fracaso en fracaso profesional, logró construir una carrera en torno a lo que más amaba: tener una vida apasionante. Nick Vujicic, también, de quién ya he hablado en este blog, gran orador motivacional y evangelista, que nació sin brazos ni piernas; y Viktor Frankl, por supuesto, notable psiquiatra judío-austríaco, sobreviviente de los campos de concentración nazis, creador de la logoterapia.

Como ellos, son muchos los hombres y mujeres valientes que, superando numerosísimas y grandes dificultades en sus vidas, no sólo salieron adelante, sino que tuvieron éxitos notables. Steve Jobs, Albert Einstein, Astor Piazzolla, Aime Mullins, Hellen Keller, Christy Brown, nuestra Daniela García, entre tantos, son nombres que podrían sernos familiares.

Nos gustan estas historias de lucha y de victoria. Nos gustan mucho. Nos inspiran, nos alientan, nos hacen soñar con un futuro mejor; con el logro de la meta deseada, de la estabilidad anhelada, de los sueños por tanto tiempo postergados… Parecería, al verlos triunfar que, después de todo, no es tan difícil, que quien se lo propone puede, que la voluntad humana es omnipotente…

Por desgracia, esa conclusión es falsa. Muchos hombres valientes, talentosos, fuertes, inteligentes y tan decididos o más que aquellos de marras han sucumbido a medio camino; y sus nombres se los ha llevado el viento del tiempo y el olvido. Son héroes también, por cierto. Pero sus ojos no alcanzaron a ver el triunfo, ni sus sentidos gozaron de las delicias de la meta y el logro. No, quedaron tumbados en mitad de la montaña fría y solitaria, fundidos entre las rocas y el hielo. Son héroes, no cabe duda; pero oscuros, desconocidos; héroes ante sí mismos o ante Dios sólo.

Las historias de heroísmo están incompletas si no incluimos también las historias de los héroes muertos ¡Necesitamos imperiosamente conocer también esas historias! ¡Pueden enseñarnos tanto! Enseñarnos, por ejemplo, a morir como hombres.

Dicen que no sabe vivir quien no ha aprendido a morir. Después de todo -aunque parezca una paradoja- la muerte es parte de la vida. Todos tendremos que enfrentarla alguna vez y es mejor hacerlo con dignidad, con la cabeza en alto, mirándola a los ojos. Es triste ver morir a un cobarde. Más triste aún, pienso, es morir como uno de ellos. Pero para enfrentar con valor la muerte hay que comenzar ahora mismo, pues todos los días la muerte nos sale al paso oculta bajo distintos rostros: fracaso, soledad, pobreza, traición… ¿No es morir un poco acaso la pobreza? ¿No? ¿Por qué duele entonces? Si duele es porque algo se rompe, algo sangra, algo muere. Sufrir es morir en algo o quizá en mucho. ¿No hablamos acaso de muerte lenta o muerte rápida? El sufrimiento prolongado, concluido en fracaso, no es sino una muerte lenta y dolorosa.

La persecución de ideales nobles, de objetivos altos, comporta, en general, un gran sacrificio y un gran riesgo. En el mundo de la empresa o de la vocación profesional, no es diferente. No es fácil, por ejemplo, dedicarse a la música cuando la presión de la familia y los amigos nos dice que no es un camino rentable. Pareciera que para muchos el dinero es la única razón, o la mejor, para tomar una decisión de cualquier tipo.

Para tantos todo lo decide el dinero. ¡Oh mercenarios! ¿Pagan mejor? Allá se dirigen entonces. El dinero es el viento y ellos la veleta que se mueve con él; o peor aún, las moscas que rondan las últimas fecas de la última vaca del último establo de este mundo. Pero eso no es vivir como hombre, sino apenas sobrevivir como bestia. ¿Qué nos distingue de un mono entonces? ¿La ropa fina? No, por cierto. Ya lo dice el refrán: la mona, aunque se vista de seda, mona se queda.

Un hombre en este plan existencial ha cometido la peor de las traiciones: se ha traicionado a sí mismo. El hombre está llamado a una existencia superior a la de las bestias. Y esa diferencia estriba precisamente en la forma en que enfrenta aquello que lo puede matar: el fracaso, la derrota, o la espada del enemigo… Sólo aprende a vivir quien aprende a tomar las decisiones de su vida a la luz de la misión que se tenga en este mundo, oscura o luminosa, pequeña o grande, y cueste lo que cueste. Kant decía: las cosas valen, las personas tienen dignidad.

Cuando un hombre supedita los bienes más nobles al beneficio económico ha puesto un precio a su cabeza, se ha transformado en una cosa, aunque todavía conserve su fisonomía humana

Hay grandes hombres que han triunfado siendo fieles a sí mismos, ellos son nuestros héroes vivos; pero hay hombres tan grandes como ellos que lo han apostado todo en busca de su ideal y han perdido, no han llegado a la meta; ellos son nuestros héroes muertos. Nunca estará completa la lección de la lucha por los ideales nobles si no entendemos que la victoria lleva consigo el riesgo de la derrota.

¿Estamos dispuestos a correr ese riesgo?

Un viejo sabio dijo alguna vez que en estos tiempos que vivimos “padecemos una gran escasez de caballeros andantes”; de Quijotes, de idealistas locos cuyas vidas cargadas de significado nos inspiren a escribir las nuestras en poesía y no en manuales. Sí, necesitamos héroes. Los necesitamos vivos… o muertos.

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