¡Oh cobarde! ¿A es A, o no?

Antiguamente se creía que los valientes eran los que no tenían miedo. Con el tiempo la humanidad se puso más inteligente y se dio cuenta -aunque no puedo hablar por todos- que en esa definición entraba cualquier cosa. Sucede que no hay cosa más tonta que las definiciones negativas. Es como decir que las manzanas son no-naranjas. Un gato muerto es no-naranja, por ejemplo. Cumple con la definición. ¡Michael Jackson es no-naranja! Y tal como lo dije en el artículo anterior, las piedras, los muertos y las personas en coma no tienen miedo, pero habría que tener una piedra en la cabeza para llegar a pensar que las piedras, los muertos y las personas en coma son valientes  o felices (Punset).

cobarde

Así, pues, se buscó otra definición. Y se llegó a que los valientes son aquellos que tienen miedo y lo vencen. Algo se avanzó, pero no mucho. Porque viene un tipo que escupe al aire y dice que el Papa es pedófilo. La gente dice entonces: “¡Ah, que valiente! ¡Un tipo sin pelos en la lengua!”. Claro, seguramente el Papa le va a quebrar la nariz la próxima vez que lo vea. O viene otro que dice “¡Piñera es ladrón!”. Entonces dicen “Oh, que valiente, se enfrenta al sistema”, y lo invitan a programas de televisión, lo llaman a entrevistas, le pagan el transporte y el almuerzo, y les subvencionan un librito. Cuando ser “valiente” se paga bien, estamos hablando de otra cosa, no de valentía.

Pero mencionar a Sebastián Piñera me hizo recordar una historia bastante difícil de mi vida. Una vez tuve que construir una obra en una faena minera. Nos adjudicamos un contrato que nos exigía comenzar a construir la obra una semana después de adjudicada. Pero no teníamos nada para partir. Nada. Ni profesionales, ni obreros, ni herramientas, ni camionetas, ni nada. De hecho, hablo de nosotros, pero en realidad era yo solo (o casi) contra el mundo. Y si el problema de no tener nada ya era grave, el segundo problema era peor. Para entrar a trabajar en una faena minera se exige, por cuestiones de seguridad, una rigurosa acreditación de personas y cosas: exámenes médicos, certificación de equipos, procedimientos de trabajo, evaluaciones de riesgos y un sinnúmero de otros requerimientos; y todo eso toma bastante más que una semana. Con ese nivel de estrés el criterio para contratar personas era muy sencillo: “¡Dile que sí y págale lo que quiera!”. Fue así como la conocí. Era chica, vieja, fea y comunista. Era la prevencionista de riesgos.

Rápidamente llegué a conocer a esa mujer. De partida, no le gustaba irse con los trabajadores (con el “pueblo”). Era una de sus tantas contradicciones. De seguro los encontraba hediondos. Entonces, yo me ponía mi mejor perfume, la pasaba a buscar a su casa en mi camioneta y la llevaba conmigo a la faena. Aunque no era fácil, intenté tener una relación afectuosa con ella. No sirvió de mucho. -¡Piñera es incompetente!- me soltó un día, como si nada. -¿Perdón?- le respondí con serenidad y apertura de mente mientras me recuperaba de la impresión. -¡De ecónomist dice que Piñera es incompetente!- espetó, tratando de dar un argumento de autoridad. -Mire, señora N.N. (así le decía yo a la vieja antes de que pasara a ser simplemente la “vieja”), don Sebastián Piñera no es nada de tonto. Fue el mejor alumno de su colegio; fue distinguido, además, como el mejor alumno de su universidad, la mejor del país por si no lo sabe; fue un alumno brillante en Harvard, y, por si no lo sabe tampoco, no cualquiera entra a Harvard…- Pero me interrumpió con un ruido y un extraño movimiento de su brazo: “¡Ahrrrrrrggggggg!”. Intenté seguir, pero insistió con el mismo ruido: “¡Ahrrrrrggggggg!”. Esa fue su respuesta a mi argumento: ¡un ruido! El más burdo de los quiltros y el más marrano de los marranos no lo habrían hecho mejor. Un ruido. Eso fue todo. Después me di cuenta que ésa era la tónica de la vieja: espetar sus emociones y “argumentarlas” con un ruido. ¿Por qué no la eché el mismo día? ¿Por qué no lo hice?

Pero volvamos a la cuestión de la valentía. Estábamos hablando de eso antes de que el fantasma de la “vieja” apareciera en mi recuerdo.

Valiente es aquel que para conseguir un bien noble (tiene que ser noble) está dispuesto a seguir los caminos más arduos y resistir las dificultades más terribles sin renunciar jamás a sí mismo, a sus principios, a su conciencia, aunque le signifique el más grande de los sacrificios e incluso la misma muerte. Ese es el valiente. Un hombre que sabe quién es y lo que vale, y por eso no está dispuesto a ponerle precio a su cabeza.

El valiente es como un río que sube hacia lo alto de la montaña, si esa fuese la única forma de ser río. Se cumple en él el principio de identidad: A es A. Ser valiente es atreverse a ser quien se es y a cumplir la misión que se tiene en la vida, sea la que sea y cueste lo que cueste.

La cobardía, por el contrario, es una traición a la propia identidad, es venderse barato por un beneficio de corto plazo; es dejar de correr el riesgo de vivir la propia vida por la seguridad de sobrevivir. Cobardía es sacrificar el “ser” en el altar del “tener”; es sonreírle a la mano que paga, aunque se la desprecie y viceversa; ser cobarde es decir cuando queremos decir no, y decir no cuando debemos decir . El cobarde es, en el fondo, un comerciante de baratijas, la peor de todas él mismo.

Esto, en el hombre, se aplica a la profesión, al amor y a la vida en general. En el cobarde A es cualquier cosa menos A. El cobarde es alguien que se traicionó a sí mismo, a su propia identidad.

Sí, la vieja me hizo la vida insoportable, hora tras hora y día tras día. Era una verdadera pesadilla. Pocas veces recuerdo haberlo pasado tan mal en un trabajo. Es asombroso lo que una persona tan chica, tan vieja, tan fea y tan comunista puede hacer sufrir a alguien. ¡Pero necesitábamos a la vieja! Si la echábamos podría haber fracasado la obra: enfrentaríamos un conflicto grave con el cliente, perderíamos dinero y posiblemente el negocio. Había que aguantar, había que aguantarla y sonreírle y decirle que sí. Pero llegó el día en que ya no fue posible decirle que sí, y la vieja espetó su última emoción y emitió su último ruido, y se mandó cambiar y fue peor. ¡Mejor haberla echado antes! ¡Al principio! ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué no la eché cuando me di cuenta de quién era?

La respuesta es clara. ¡Por cobarde!

(créditos de la foto: Ludita)

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