Pensar en grande, pensar en chico… y las trancas de la niñez

Según Freud todas las trancas psicológicas de la adultez son resultado de las trancas sexuales de la niñez. Cómo se equivocaba… ¡Cómo se equivocaba!.. ¡Son culpa del fútbol!.. Por lo menos en mi caso fue así.

Alejandro Magno

Alejandro Magno

A todos los niños de mi barrio les gustaba el fútbol. Es natural. Es parte de nuestra latinoamericana aburrida y copiona. Además, es un deporte tan fácil. ¿Qué tiene de difícil el fútbol? Una pelota, un par de piedras para el arco, ganas de patear algo y algún rincón medio vacío donde correr. Nada más. Eso es todo. Un deporte a prueba de tontos… Aunque no de tiranos, desgraciadamente. ¡Y qué tiranos y qué tiranías en el fútbol! Esos repugnantes líderes autodesignados. ¡Insoportables! Y esas horribles marginaciones brutales contra los gorditos y los atáxicos que nunca faltaban. Cuántas lágrimas vi en el fútbol ¡Oh, cuántas lágrimas! ¡Y qué patadas y qué insultos! ¡Y esas malditas instrucciones vociferantes!: ¡Baja! ¡Baja! ¡Sube! ¡Sube! ¡NOOOO! ¡NO, te estoy diciendo! ¡Pásala! ¡PÁSALA! ¡¿Qué estai haciendo ahí…! ¡Tírala!

En esas condiciones, me empezó a aburrir el fútbol. Me empezó a apestar. ¿Y por qué aguantar a estos idiotas? ¿Y por qué estar una hora y cuarto mirando y sólo 15 minutos jugando? ¿Y saben qué? No jugué más fútbol. Me mandé cambiar. Y ahí empezó otro infierno: la crítica moral. ¡Imagínense! Me sacaron en cara ¡la ética! Que era un egoísta, que había que hacer lo que hacían los demás, que era un aislado condenado a fracasar en la vida, que les arruinaba la vida a los demás porque no les permitía armar su porquería de equipo… ¡Qué de idioteces tuve que escuchar! “¿Egoísta yo?”, pensaba. “¿Hay algo peor que un egoísta? ¡Claro que sí! ¡Once egoístas por lado!”. El egoísmo colectivo no es mejor que el individual. ¿Es que acaso tengo que explotar y dejar mis tripas esparcidas por la pared para hacer una obra buena? ¿O no puedo ser feliz acaso? ¿Tengo que aguantar esos gritos y esas patadas y esos insultos y esas instrucciones y ese aburrimiento y esas limitaciones? No, señor, yo no juego más al fútbol. Nunca más.

Fue así que comenzó a gustarme la soledad. Mejor solo que mal acompañado, ¿o no? Y es así, también, que quise emprender, hacer negocios. Me apestaba el empleo, los jefes, lo colegas, los horarios, las limitaciones… Todo me recordaba el fútbol. ¡Qué asco!

El problema es que ya no era un niño. No es lo mismo quedarse sin fútbol que sin empleo. En el primer caso sólo se deja de lado a esos pobres idiotas (así es fácil ser valiente); en el segundo, la mano que te alimenta… Y tratas de hacer negocios y no sabes y nada te resulta y nadie te cree y nadie te entiende y no te devuelven las llamadas y te engañan y te aplastan y te sientes solo, solo, solo. No, no son iguales todas las soledades. La soledad de estar solo, solo contra el mundo, es muy dura. Muy dura. Nadie es una isla, dijo el poeta John Donne; y válgame Dios, tenía razón.

Uno de los problemas de estar solo es que no se puede pensar en grande. No se puede. Simplemente no se puede. O, mejor dicho, se puede, pero sólo se puede actuar en chico. Y es muy triste tener una vida chata, cuando uno tiene el corazón noble y grande. ¡Pobre León Bloy!

Pensar en grande es poner nuestro futuro en un lugar más alto que el presente en el que nos encontramos. Pero no un poco más alto, sino mucho más alto. Mucho más. Locamente más alto. Pero eso implica algo irrenunciable: nosotros tenemos que ser más. He ahí la clave: ser más. Y la única forma de ser más, porque no hay otra forma, es comenzar a actuar como si lo fuéramos. No hay otra opción. Así en el amor como en los negocios. Pero ese ser más, implica también otra cosa que va de la mano con ello: encontrar ayuda.

Pienso en Martín Varsavsky. 24 años de edad, todavía estudiante de MBA, sin dinero o casi. Quería hacer una proyecto inmobiliario de ¡USS 12 millones! ¡Una locura! ¡Pero quién es ese tipo! ¿Alguien lo conoce? Sí, es un tipo que no tiene nada y está tratando de hacer un negocio de USS 12 millones. Y eso dice mucho de Martín Varsavsky. Mucho. Esa audacia, ese pensar en grande y actuar en grande, sólo pueden provenir de alguien grande. Y buscó ayuda en quienes eran mejores que él, porque eso es también pensar en grande. Y como los grandes hombres tienen debilidad por esos locos que quieren hacer cosas grandes, consiguió la ayuda que necesitaba. La consiguió, sí, porque sin esa ayuda no habría podido. Habría sido imposible. Pero fue posible.

Una de las características de los hombres mediocres es que siempre se rodean de mediocres, como para que no los opaquen. Pienso en el tonto de Chávez y en el burro de Maduro. La escalera descendente perfecta ¡Pobre Venezuela, alguna vez grande! ¿Se puede caer más bajo? Rodearse de tontos es peor que estar solo. Para hacer grandes cosas, hay que unirse a los mejores. No hay otra opción. Sólo cuando se está rodeado de los mejores se aprecia el valor de la compañía, de la amistad, de la mirada convergente, de los sueños compartidos, de las cumbres proyectadas y uno se da cuenta, por fin, de esa gran desgracia que es estar solo. Porque es una gran desgracia.

Por qué conformarse, por qué estancarse, por qué arrinconarse, por qué bailar con la fea cuando te gusta la bonita, por qué seguir siendo chico cuando el corazón te invita a ser grande, por qué copiar cuando se puede innovar, por qué quedarse allí cuando quieres estar allá, por qué pensar en chico, por qué, cuando al mismo precio -sí, al mismo precio-, con buena compañía, puedes pensar en grande.

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