¿Qué diantres es la Administración del Tiempo?

bigstock-Paper-diary-icons-with-bended--38742328Vivimos en una época de transformaciones bruscas, de cambios rápidos. Una época en la que la “destrucción creadora” de la que hablaba Schumpeter ha venido a convertirse en ley general. Por lo menos en una parte importante del mundo. Quizá la parte del mundo en la que vivimos nosotros.

Estos cambios, muchas veces, nos parecen demasiado rápidos o disruptivos. Demasiado como para que alcancemos a sentirnos cómodos con ellos o en ellos. Y esto pareciera ser especialmente cierto en la vida profesional. Una vida rápida, competitiva, intensa. Tan rápida, tan competitiva y tan intensa que a veces sentimos que nos pasa por arriba como si se tratase de una avalancha o de un tsunami.

…Pero el tiempo no se puede administrar

Es natural, por tanto, que en esta época turbulenta, en la que más que nunca se trata de rendir –de producir– en el trabajo al mismo tiempo que en la familia, hayan adquirido mucha popularidad los cursos de “Administración del Tiempo”. De hecho, este artículo lo he presentado –muy a pesar mío y en nombre de la mercadotecnia– como un artículo sobre “Administración del Tiempo”. Sin embargo, me parece que hay un profundo error de concepto detrás de este nombre. Error profundo, reitero, porque si hay algo que no se puede administrar eso es precisamente el tiempo.

¿Es que se han preguntado ustedes acaso qué diantres es el tiempo? Si ustedes quizá no lo han hecho, sí lo han hecho muchos pensadores a lo largo de la historia: Platón, Aristóteles, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Kant, Leibniz, Heidegger. No ha sido fácil definir el tiempo. Famoso es el proverbio de San Agustín que dice. “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quisiera explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”.

Por mi parte, y sin querer entrar en ninguna complicación filosófica, que no es el propósito de este artículo, me voy a quedar con una definición de Aristóteles que dice que “el tiempo es una medida del cambio”.

Porque en realidad no es que el tiempo sea algo, una cosa, un objeto. El tiempo no tiene color, ni olor; no tiene peso; no está aquí ni está allá; no se estira, no se acorta, no habla, no canta, no vuela –por lo menos no vuela como lo hace un pájaro–, ni se guarda, ni tampoco se recupera. Y algo que tenga una descripción así –si la podemos llamar una descripción–, tan etérea, tan vaga, sencillamente no se puede administrar, porque es la descripción de algo que no existe. Por lo menos no existe en el mundo de las cosas que se pueden gestionar.

¿Administración del tiempo? No, administración del cambio

Cuando hablamos de tiempo, en el fondo, de lo que estamos hablando es de cambios. El tiempo es la percepción que se produce en nuestra inteligencia al comparar un cambio con otro cambio. Lo que sucede, por ejemplo, cuando comparamos un día (lo que le toma a la tierra girar sobre su eje) con un año (lo que le toma a la tierra girar alrededor del sol). Medimos un cambio grande (un año) con otro cambio más pequeño (un día). Sabemos así que un año tiene 365 días. Por eso decimos que el tiempo es una medida del cambio.

Los especialistas del management, además, suelen decir que no se puede gestionar lo que no se puede medir. Y el tiempo no se puede medir, porque el tiempo es una medida: una medida del cambio, como dijimos. Pretender medir el tiempo entonces es como pretender medir un metro con un metro o un litro con otro litro. Una absurda redundancia.

¿Pero entonces de qué estamos hablando cuando hablamos de gestionar el tiempo? Cuando hablamos de gestionar el tiempo hablamos en el fondo de administrar el cambio. Y más aún, de administrarnos a nosotros mismos, que somos los agentes y los sujetos del cambio.

La Administración del Tiempo entonces no es otra cosa que la administración de nosotros mismos: de nuestra libertad, de nuestras acciones, de nuestras decisiones, por medio de las cuales generamos cambios que pueden enriquecer nuestra vida y nuestras circunstancias, que es finalmente lo que importa.

El cambio que importa: el cambio en nosotros mismos

Sabemos que no podemos lograr que los días tengan cincuenta horas ni que los años tengan seiscientos días. Esos cambios son fijos y por eso suelen usarse como unidad de medida. Pero sí podemos gestionar aquellos cambios que no son fijos, que no están determinados por leyes diferentes a la ley de nuestra libertad. Podemos cambiar nuestra vida y muchas de sus circunstancias. Y podemos hacerlo más rápido o más lento, o mejor o peor. Eso es lo relevante. Tenemos la capacidad, como personas libres, de realizar acciones que pueden influir en el curso de los acontecimientos para bien o para mal.

También podemos, por supuesto, simplemente no hacer nada y pasar la vida como si tal cosa, dejarnos llevar, rebotar, escurrir como el agua derramada hasta aquel momento en el que por ley natural ya no habrá más tiempo para nosotros, ni posibilidad alguna de cambiar, por lo menos no en la forma en la que nos gustaría, porque estaremos muertos. Ese día la suerte estará echada para nosotros.

Vive una vida extraordinaria. Nosotros somos el tiempo

En este punto se me viene a la memoria aquella memorable escena de La Sociedad de los Poetas Muertos en la que un desafiante profesor Keating (Robin Williams) invitaba a sus alumnos de Lengua Inglesa a vivir una vida extraordinaria, a beber hasta las heces la médula de la vida: “¡Carpe Diem! ¡Aprovecha el día! Haz de tu vida algo extraordinario”.

La “administración del tiempo” entonces no es realmente administración del “tiempo”, sino de nuestra propia vida, de nuestras acciones, de nuestra libertad y de la posibilidad que tenemos con ella de cambiar el curso de la historia, de dirigir los acontecimientos hacia donde nosotros queramos, hacia nuestra felicidad.

Alberto Hurtado, un notable compatriota mío, dijo alguna vez unas palabras llenas de sabiduría a propósito de los tiempos: “Dicen que los tiempos son malos. Seamos nosotros mejores y los tiempos serán mejores. ¡Nosotros somos el tiempo!”.

Pero para lograr esto, por cierto, debemos ser muy conscientes de que nos hace falta mucho más –¡muchísimo más!– que contar con un buen reloj y una Carta Gantt.

Les dejo un hermoso poema que se le atribuye a Walt Whitman. Quizá su lectura nos pueda recordar de vez en cuando, especialmente en aquellos días en que pareciera que vamos arrastramos los pies, que solo tenemos una sola oportunidad, una sola, de hacer de nuestra vida algo extraordinario.

CARPE DIEM

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,

Sin haber sido feliz, sin haber alimentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento.

No permitas que nadie te quite el derecho de expresarte,

Que es casi un deber.

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo

Extraordinario

No dejes de creer que las palabras

Y la poesía, sí pueden cambiar el mundo.

Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.

Somos seres llenos de pasión.

La vida es desierto y es oasis.

Nos derriba, nos lastima, nos enseña,

Nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra,

La poderosa obra continúa:

Tú puedes aportar una estrofa.

No dejes nunca de soñar,

Porque sólo en sueños puede ser libre el hombre.

No caigas en el peor de los errores:

El silencio.

La mayoría vive en un silencio espantoso.

No te resignes, huye…

“Emito mi alarido por los tejados

de este mundo”, dice el poeta.

Valora la belleza de las cosas simples.

Se puede hacer poesía bella de pequeñas cosas,

No traiciones tus creencias.

Porque no podemos remar en contra de nosotros mismos.

Eso transforma la vida en un infierno.

Disfruta del pánico que te provoca

Tener la vida por delante.

Vívela intensamente, sin mediocridad.

Piensa que en ti está el futuro

Y encara la tarea con orgullo y sin miedo.

Aprende de quienes puedan enseñarte.

Las experiencias de quienes nos precedieron,

De nuestros “poetas muertos”,

Te ayudan a caminar a lo largo de la vida.

La sociedad de hoy somos nosotros,

Los “poetas vivos”.

No permitas que la vida pase de ti

Sin que la vivas…

 

 

 

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