¿Qué es la felicidad? Los 8 bienes básicos que la definen y algo más

Anglefish jumping to Big bowl

Somos buscadores de felicidad. Cada mañana salimos en su búsqueda sólo para caer rendidos durante la noche y comenzar el ciclo nuevamente a la mañana siguiente.

Nos empeñamos, nos esforzamos, luchamos por la felicidad día tras día, aunque muchas veces no sabemos exactamente qué buscamos. Sucede con la felicidad como con la búsqueda del amor. Sólo conocemos el verdadero rostro del ser amado una vez que éste llega a nuestra vida. Antes es sólo una sombra, una ilusión.

Es alentador el hecho de que, en ciertos ambientes académicos, haya surgido hoy con fuerza un renovado interés por la felicidad, gracias principalmente a los aportes de la psicología positiva. Este mismo hecho ha impulsado incluso a muchos economistas, tan dados a reducir todo al ingreso per cápita, a buscar metodologías alternativas y más amplias –como el “bienestar”, por ejemplo- para medir el éxito de un modelo social

Este interés por la felicidad, sin embargo, presenta algunos desafíos. La felicidad expresa una realidad sumamente amplia y compleja, tan amplia y tan compleja como la naturaleza humana, razón por la cual no es fácil encontrar visiones del todo convergentes que nos sirvan de guía segura y clara para entender qué es la felicidad y cómo lograrla.

Con todo, en forma muy breve y esquemática, intentaré explicar qué es la felicidad.

La felicidad, en términos muy generales, consiste en la posesión del bien que sacia todos nuestros anhelos. Absolutamente todos. Ser felices consiste, por un lado, en ser buenos nosotros mismos y, por otro, en poseer plenamente los bienes del mundo en que vivimos.

La siguiente figura, que yo denomino “matriz de los lugares de la felicidad”, nos podría explicar mejor lo que acabo de decir.

Matriz de los lugares de la felicidad

Intentemos explicar brevemente esta matriz

1.    Cielo

En este sector converge la propia bondad y la posesión de los bienes del mundo. Es el “cielo”. Tomándonos un poco en broma la descripción de este cuadrante podríamos decir que aquí están los buenos, ricos y bonitos.

2.    Infierno

Este es un cuadrante terrible. Aquí habitan los malvados y, por si fuera poco, con mala suerte. Todo les sale mal. Son pervertidos, pobres y feos. Y todos viven juntos. ¿Infierno? ¿Cárcel? Dios nos libre.

3.    Hollywood

Es el mejor nombre que encontré para este cuadrante. Tienen dinero, fama, buena comida, lujos, pero una vida personal que por momentos podría, incluso, llegar a dar asco (en el Hollywood real hay excepciones, por cierto. Yo conozco algunas). No es el mundo que desearíamos para nuestros hijos. Son ricos, bonitos y enfermos de egoístas.

4.    Subiendo la montaña

“Subiendo la montaña” es un nombre perfecto para este cuadrante. Son los hombres buenos, esforzados, honrados, luchadores, pero que enfrentan difíciles situaciones en sus vidas. Suben una montaña con fríos intensos, vientos huracanados, hambre y fatiga corporal, pero con una meta clara en su mente: la cima. No me queda más que animarlos en su lucha.

Habiendo realizado este breve análisis preliminar me parece conveniente ahora refinar 4 ideas importantes sobre la felicidad.

1.- No somos superhombres. Dependemos, en parte, del “mundo” para ser felices.

El mundo son las demás personas, las cosas (alimentos, casas, automóviles, bancos…) y, por supuesto, Dios. Es decir, todo lo que forma parte de nuestra vida, pero que es distinto de nosotros mismos.

La siguiente figura expresa esta idea de la relación entre nosotros y el mundo.

La irrenunciable relación con el mundo

Este hecho innegable de la realidad, esto es, que vivimos en un mundo del cual dependemos, en parte, para ser felices, pone en evidencia la falsedad del enfoque voluntarista. Ese que nos dice, con un optimismo exacerbado y engañoso, que “nada es imposible para el que se lo propone”.

Por mi parte, soy un gran defensor de los espíritus luchadores. Pero lo cierto es que no todo en la vida se resuelve con músculos y empeño. La sabiduría popular nos repite lo mismo con otras palabras: “No por mucho madrugar amanece más temprano”.

Hay otros factores que inciden en nuestra felicidad más allá del esfuerzo personal. A saber: (a) la suerte, (b) lo que otros hacen por nosotros y (c) la disponibilidad del mundo.

Veamos a qué nos referimos.

a)    La suerte. El psicólogo de Harvard, Howard Gardner, señala en su libro Arte, mente y cerebro, que más sorprendente aún que la genialidad que puede llegar a darse en ciertos individuos -como un Mozart o un Da Vinci- es la coincidencia de circunstancias que permiten el desarrollo de ésta. ¡Cuánto hay de suerte en la vida de las personas! Steve Wozniak (el cofundador de Apple) resumió muy bien la experiencia que tuvo junto a su amigo y socio Steve Jobs: “Él tuvo mucha ‘suerte’ de tenerme a mí en un comienzo. Yo tuve mucha ‘suerte’ de tenerlo a él toda la vida”. La verdad es que si no hubiesen sido vecinos, posiblemente otro gallo cantaría.

b)    Lo que otros hacen por nosotros. ¿Qué hubiese sido de nosotros cuando niños si no hubiésemos tenido a nuestros padres? ¿Qué sería de nosotros ahora sin nuestras familias, amigos, colegas, consejeros, bancos, supermercados…? Nuestra felicidad depende significativamente de lo que otros hagan por nosotros, de sus acciones libres en favor nuestro. Basta pensar brevemente en la vida matrimonial y profesional para darnos cuenta de lo evidente de este hecho.

c)    La disponibilidad del mundo. No da lo mismo el mundo en que vivimos. Necesitamos vivir en un mundo en el cual sea posible obtener los bienes que nos hacen felices: conocimiento, belleza, diversión, amor…De lo contrario, a pesar de nuestro esfuerzo, será difícil ser plenamente felices. Pensemos en los campos de concentración. No creo que sea muy fácil venderle a los prisioneros el ingenuo eslogan de “¡nada es imposible para el que se lo propone! ¡Vamos que se puede!”. El mundo no es igual en todas partes ni para todos. El estado de las cosas importa para nuestra felicidad. No es lo mismo vivir en tiempos de paz que en tiempos de guerra.

Sigamos refinando las ideas. Pasemos a la segunda.

2.- No nacemos “preparados” para ser felices

Nadie nace preparado para la vida. Muy al contrario, llegamos al mundo en condiciones de extrema fragilidad y permanecemos así por largos años. Debemos ser protegidos, alimentados, abrigados, enseñados a hablar y a conducirnos frente a nuestros semejantes. Y esto no dura un año ni dos, sino muchos más. En nuestra sociedad actual los jóvenes, con suerte, se independizan de sus padres en torno a los 25 años de edad. ¡25 años! ¡Casi dos vidas de perro! (no es una metáfora). Y el proceso de aprendizaje no termina ahí, dura toda la vida. ¿Y aprender qué? Aprender a vivir, aprender el arte de vivir.

En la era de la información, en la que más que nunca se hace necesario sintetizar ideas, me atrevería a condensar en una sola palabra todo el aprendizaje humano: virtud.

Pero este es un tema que da para mucho. Prefiero abordarlo a su debido tiempo en otro artículo. Prosigamos refinando ideas.

3.- El “placer” no es lo mismo que la felicidad

Muchas personas tienden a confundir la felicidad con el placer. Para ellos la felicidad sería algo así como un continuo de experiencias placenteras. Mientras más experiencias placenteras se tengan, mayor será la felicidad, independientemente de si estas experiencias son reales o no, buenas o malas.

Es cierto que la felicidad implica en cierta medida el placer (el placer no es malo), pero no todo se reduce a eso. El placer es a la felicidad lo que los condimentos son a la comida: una contribución al sabor.

El sentido común tiene algo que decir al respecto. Pensemos en el siguiente ejemplo.

En la película Matrix se muestra un mundo futuro dominado por las máquinas, en el cual los seres humanos permanecen en coma inducido (salvo algunos rebeldes), sumergidos en un fluido conservante, sirviendo de fuente de energía para las máquinas, ajenos absolutamente a la realidad, pero viviendo una serie de experiencias placenteras en su imaginación, como si se tratase de la vida real.

Surge entonces espontánea la pregunta: ¿preferiríamos nosotros esta vida alienada si se nos asegurase que toda nuestra vida imaginaria estaría plena de experiencias placenteras? En lo que respecta a mí, no.

San Agustín lo resumió genialmente en este proverbio: “Prefiero ser desdichado en la cordura, que feliz en la locura”.

El brillante psicólogo conductual, Dan Ariely, nos explica, refiriéndose al mundo del trabajo, por qué preferimos el camino arduo hacia la felicidad. Veamos este interesante vídeo en el que  nos habla del “sentido”, del significado necesario para darle contenido a nuestros esfuerzos en la vida.

Pasemos ahora a refinar la última idea.

4.- Poseemos la felicidad en grados

La felicidad no es una meta lejana, un objetivo distante. No se trata de llegar a la felicidad luego de treinta años de vida miserable, sino de pasar de una felicidad menor a otra mayor gradualmente. Todos, en cierta medida, somos felices. Tenemos problemas en nuestra vida ciertamente. Nuestra salud no es del todo buena, nuestro trabajo a veces es árido y exigente, tenemos desencuentros afectivos con nuestros seres queridos o con quienes no lo son tanto. Dentro de todo, sin embargo, participamos de alguna felicidad. De lo contrario, es decir, si fuésemos infelices en absoluto, la vida sería insoportable. Sería el infierno que describimos en la matriz de los lugares de la felicidad.

Quisiera empalmar esta última idea de felicidad gradual con la idea de la posesión del bien con la que iniciamos este artículo.

El filósofo de Oxford, John Finnis, resumió en 8 grupos de bienes básicos la posesión de todo bien posible. Es una síntesis perfecta de la felicidad.

En el diagrama siguiente, que denominé “Diamante de los bienes humanos y los grados de la felicidad”, se grafica muy claramente cómo la felicidad plena requiere la posesión de todos los bienes humanos, al mismo tiempo que muestra cómo nuestra capacidad de ser felices se expande con el progreso en la madurez psíquica y moral. Observémoslo con atención.

Diamante de los bienes humanos y los grados de la felicidad

 

Para entender mejor este diagrama, expliquemos brevemente en qué consiste cada bien humano.

La vida.- Es la vida biológica, la salud, la seguridad, la procreación.

El conocimiento.- Es el saber por el sólo deseo de saber, que tiene su última razón de ser en la necesidad de conocer la verdad.

La experiencia de la belleza.- Es el gozo de la música, la pintura, la poesía, el paisaje; en el fondo, de toda la belleza contenida en cada rincón de nuestra existencia.

El juego/trabajo.- Es la diversión que se presenta como desafío o reto que nos exige el desarrollo de nuestras habilidades

La armonía con los otros.- Es la consumación del amor en todas sus manifestaciones.

La armonía en uno mismo.- Es la paz interior, la integridad, la ausencia de situaciones de confusión, duda, angustia o inquietud.

La armonía entre nuestras elecciones y nuestras acciones.- Consiste en vivir de acuerdo con lo que pensamos, sin disonancias de ningún tipo. En el fondo, es la “coherencia”.

La armonía con Dios.- Es haber encontrado respuesta a la pregunta por el sentido último de nuestra existencia y vivir conforme a ello.

Se llaman “bienes básicos” (también bienes humanos) porque son un fin en sí mismos, constituyen un puerto de llegada, no se buscan por otra razón más allá de ellos mismos. Por esto mismo, cualquier otro bien en el que pensemos podría ubicarse bajo alguno de estos bienes básicos. El dinero, por ejemplo, es siempre moneda de cambio para alguno de estos bienes: ropa que nos abriga y protege nuestra vida, un libro que nos da conocimiento, un ticket para el cine, capital para formar una empresa.

Prosigamos analizando el diagrama.

El área achurada en rojo pretende graficar la medida de la felicidad de una persona X, según ésta posea, en distintos grados, los bienes básicos. Podemos ver, por ejemplo, que esta persona posee, en un nivel relativamente alto, el bien de la “vida”. Quizá es joven y saludable. Por otro lado, sin embargo, presenta un nivel bajo en la posesión del bien del “juego/trabajo”. Tal vez tiene un trabajo estresante y que, además, sencillamente no le gusta, lo que seguramente le produce una gran insatisfacción personal.

Si seguimos analizando cada uno de los bienes básicos y unimos, a continuación, con una línea todos los puntos que resulten, lograremos formar un área que, podríamos decir, constituye la medida de la felicidad de X.

Pero eso no es todo. Hay otra cuestión importante en el diagrama. Los sectores denominados (I), (II) y (III) se refieren a las tres “edades” de la perfección humana, desde una perspectiva psíquica y moral, por cierto. Estas edades no guardan relación con la edad biológica, sino con los grados madurez o de posesión de la virtud que tenga una persona determinada.

Para todos los efectos voy a denominar estas tres “edades” como sigue:

(I)            Infancia (virtudes incipientes)

(II)          Juventud (virtudes consolidadas)

(III)         Madurez (virtudes eminentes)

Quienes están en la edad de la “Infancia” (I) sólo pueden ser felices como máximo en el área definida por el primer octágono concéntrico. En un nivel superior, quienes están en la edad de la “juventud” (II) pueden serlo hasta un máximo delimitado por el siguiente octágono concéntrico. La edad de la “madurez”(III), en cambio, permite el máximo nivel de expansión de la felicidad.

Con esto quiero señalar lo más gráficamente posible el enorme vínculo que existe entre nuestra felicidad y nuestra propia perfección. Mientras más perfecta es una persona, en todas las dimensiones de su existencia, más capaz se hace de la felicidad.

Como dijimos anteriormente, si bien en el camino hacia nuestra felicidad no todo se puede programar, no todo se puede planificar, es claro que hay una parte del juego que sí nos corresponde jugar a nosotros y que no se hará realidad sin nosotros.

Saquemos algunas ideas del “Diamante de los bienes humanos”. Pero no nos quedemos en eso. Hagamos propósitos concretos tomando como plantilla cada uno de estos bienes básicos. Siempre hay objetivos que alcanzar en cada uno de ellos. Estos objetivos son los que le dan sentido a nuestros esfuerzos, un significado a nuestra vida. Te animo a poner manos a la obra recordándote las sabias palabras de Jean Guitton: “Los hombres de acción asisten a la vida al mismo tiempo que la dirigen”.

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