Tres actitudes frente al tiempo

Sticky Note Possible Not Impossible

En una ocasión leí una brillante reflexión sobre la actitud correcta ante el presente, escrita con gran maestría y profundidad por el historiador chileno Héctor Herrera Cajas.

Este artículo está inspirado en gran parte por las ideas de esa reflexión –larga– que hubiese preferido transcribir textualmente. Sin embargo, me pareció mejor traducir esas ideas tan profundas, muy propias de un intelectual, a un lenguaje más sencillo y quizá un poco más personal.

Pongamos atención.

La metáfora de la ola

Vivimos en una época turbulenta, vertiginosa; una época disruptiva y rápida, que no suele permitirnos estar muy cómodos o instalados en nuestra vida.

A veces experimentamos esa dinámica del tiempo presente como si se tratase de una gran avalancha de nieve que se nos viene encima o como un tsunami que nos envuelve con su fuerza arrolladora.

¿Hay algo de cierto en esto? Sí, claro, hay mucho de cierto.

Por eso me voy a quedar con esa última imagen del tiempo presente como una ola de mar, como una “rompiente marina” o “rompiente histórica” –quizá no tan brutal e inmanejable como un tsunami, aunque a veces pueda parecernos que sí–, para describir lo que significa para nosotros el tiempo presente, el tiempo en que vivimos.

Entonces, si consideramos el tiempo presente como una ola, frente a ella, a esta oleada de la vida, a esta “rompiente histórica”, nosotros, que somos los bañistas, podemos tener tres actitudes.

Primera actitud: evadir la ola.

Es la actitud propia del cobarde, del hombre que va a la playa, pero se queda en la orilla sin entrar en el mar, porque le asusta su fuerza. La posición que le acomoda es la de espectador. Es un espectador crónico. No está dispuesto, bajo ninguna circunstancia, a correr el riesgo de ser derrotado por el mar.

Estos hombres, en el fondo, asisten a la vida, pero no toman parte en ella. Son espectadores pasivos de los acontecimientos. Se automarginan cobardemente del tiempo, del cambio y, en el fondo, de la historia. Son los que no estuvieron, los que no lo intentaron, los que no se arriesgaron.

Si quisiéramos dar algunos ejemplos de estos hombres podríamos descubrirlos en aquellos que se enamoraron, pero no lucharon por ese amor; prefirieron la ilusa ensoñación de las teleseries que correr el riesgo de buscar un amor real.

Son aquellos también que nunca emprendieron nada, o porque era difícil, o porque no tenían dinero, o porque eran demasiado jóvenes o porque eran demasiado viejos. Son hombres de excusas.

Entre este grupo encontramos a los tímidos, a los apocados, por cierto. Pero también encontramos a los amargos, a los resentidos, a aquellos que le temen a la vida que no viven, pero odian a muerte a los que surgen victoriosos de ella. –Tuvieron suerte– dicen con envidia.

Critican con furia a los políticos, pero no tienen idea de política ni se les conoció realmente ni acción ni opinión política alguna. Porque arremolonarse no es lo mismo que actuar ni quejarse lo mismo que opinar.

Critican con furia a los empresarios. –¡Ladrones!– los llaman, mientras esperan ansiosamente que a fin de mes uno de ellos les financie la vida.

A estos cobardes todo les cuesta, todo les molesta, pero no hacen nada por cambiarlo. La vida para ellos no es más que una prolongación de la televisión. La contemplan, pero no pueden ni están dispuestos a cambiar nada en ella. En el mejor de los casos se animan a cambiar de canal.

La historia no recuerda a estos hombres, aunque de alguna manera los supone. Son los que desde la orilla se reían de Colón cuando zarpó a las Indias; son los que desde tierra se reían de los hermanos Wright cuando estos dijeron que volarían. Estos hombres son los escépticos crónicos de la vida que a todo reto siempre le dijeron que no.

¿Conocemos sus nombres? No, no conocemos sus nombres. No los conocemos, porque en el fondo no fueron parte de la historia. La historia, debemos saberlo, sólo recuerda a los que fueron parte de ella.

Segunda actitud: dejarse arrastrar por la ola.

Esta es la actitud propia del torpe, del que no es diestro para enfrentar la ola que se le viene encima y entonces es arrastrado por ella para quedar tendido exánime en la playa o, peor aún, para ser consumido por el mar de la historia para siempre.

Este hombre parece que hace algo, pero en el fondo no lo hace. Parece que vive, pero tampoco vive. Es destruido por la ola, pero cuando lo vemos consumirse en ella no vemos precisamente que haya sido consecuencia de un acto de arrojo, de audacia, sino debido al andar grotesco y patético de la ineptitud.

Este es el hombre que no sabe vivir, que no tiene idea de dónde está parado, que no sabe adónde apuntar.

Es el soldado que va a la guerra y muere el primer día, porque se cayó de una escalera. Es el hombre que recibió una tarjeta de crédito y pensó que eso era lo mismo que tener más dinero. Es el hombre que cruzó la calle con luz roja y lo atropelló un automóvil. Es el hombre que por tercera vez es estafado con el cuento del tío. Es el hombre que soñó con tener una casa propia y cuando la consigue no tiene cómo pagarla.

Este es el hombre que no sabe enfrentar la ola: el tonto.

¿Conocemos sus nombres? No, no conocemos sus nombres. Porque estos, al igual que los que nunca enfrentaron la ola, tampoco fueron parte de la historia.

Tercera actitud: enfrentar la ola con destreza.

Esta es la actitud propia del hombre valiente que, confiado en su destreza, se enfrenta a la ola, a la rompiente, y sale airoso, emerge a la superficie.

Es el hombre que asume ante la vida una actitud de liderazgo, una actitud, como diríamos hoy, proactiva, de responsabilidad personal. Es el hombre que confía en que sus acciones decididas e inteligentes pueden influir, en mayor o menor medida, en el curso de los acontecimientos y de esta manera torcerle la mano al destino en favor de sus propósitos. El líder es, en el fondo, aquel que tiene un propósito y vive para conquistarlo.

Para estos hombres saber enfrentar la ola saliendo victoriosos de ella significa básicamente realizar dos tipos de acciones.

Primera acción: resolver

En primer lugar, resolver, solucionar. La vida es compleja, ambigua, problemática. La vida siempre se nos presenta de alguna manera como “problema”.

Siempre me ha causado un poco de gracia cuando algunos me preguntan si he tenido problemas en mi trabajo. La verdad es que sí, siempre tengo problemas. Porque lo cierto es que el trabajo mismo consiste en un gran un problema que se debe solucionar. Si no hubiese problemas que resolver no habría trabajo.

El ingeniero que diseña un software busca solucionar algo; el científico que investiga también busca solucionar otra cosa; el pianista que practica una obra musical resuelve también un problema; la chica que busca novio también trata de solucionar un problema.

La vida en el fondo es un continuo resolver, solucionar, desatar una madeja enredada o anudar una hebra suelta. Todo es resolver, todo es solucionar.

Quizá nos cuesta entender así la vida, porque tenemos una cierta tendencia a mirar el lado oscuro de los problemas: la dificultad, la demora, la sorpresa, el cansancio.

Sin embargo, los problemas son muy valiosos para uno cuando vemos el lado positivo de ellos: el estímulo del desafío, el desarrollo de nuestras habilidades, el logro, el gozo de solucionar un problema y de contribuir.

Pero hay una segunda acción.

Segunda acción: tomar decisiones

Muchas veces, sin embargo, la vida se nos presenta demasiado compleja, tanto que no podemos resolver el problema, nos es imposible. Es aquí donde se hace necesaria la segunda acción del líder: decidir.

El líder toma decisiones, sigue siempre un curso de acción. Ante un problema que no se puede resolver, que produce un obstáculo insalvable, decide, no se queda inactivo, no se detiene.

Cuenta la leyenda que los habitantes de Frigia necesitaban elegir un rey y eligieron, por designio de los dioses, a Gordio, un labrador que no tenía más riqueza que su carreta y sus bueyes. Cuando fue elegido rey, como agradecimiento a Zeus, ató su lanza al yugo de sus bueyes por medio de una cuerda cuyo nudo era tan complejo que nadie podía desatarlo. Es lo que conocemos hoy en día como el “nudo gordiano”. Se decía que quien desatase ese nudo conquistaría el mundo. Muchos habían intentado hacerlo, pero nadie lo había logrado.

Alejandro Magno, cuando inició la conquista de Asia, llegó a la ciudad de Gordión, donde estaba este nudo e intentó desatarlo, resolverlo. Sin embargo, el nudo era tan complejo que no pudo desatarlo, le fue imposible. Fue en ese momento cuando decidió tomar su espada y cortarlo. Y lo cortó. Con ello se convirtió en señor del mundo.

Hay muchas situaciones en la vida en que no podremos resolver el problema. Es entonces cuando debemos “cortar”, decidir. Son los llamados momentos determinantes de la vida, momentos cruciales en que se define, de alguna manera, el curso de la historia.

Decidir no es un acto de histeria, de desesperación ante la complejidad de la vida. La decisión debe tener un propósito, una visión que la sustente, una esperanza que la aliente y la ordene. Sólo así la decisión tendrá una dirección y un desenlace que quizá no se verá de inmediato, pero que será un pilar de la construcción del futuro, del cambio esperado, de la vida proyectada.

Hacer del tiempo algo propio

Son estos últimos hombres, aquellos que asumen el liderazgo de resolver y decidir, los que de alguna manera se hacen dueños del tiempo, señores de la historia.

Estos son los hombres que saben enfrentar la ola de la vida: los líderes

¿Sabemos sus nombres? Sí, los conocemos. Ellos son parte de la historia. Son la historia misma. Son el tiempo.

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