Un mapa para la felicidad (3)

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Sobre la felicidad me interesa menos la teoría que la práctica. En el artículo sobre El sentido y la felicidad (2) prometí que comenzaríamos a ponernos prácticos. Eso es lo que pretendo hacer ahora. Para eso voy a mezclar el mapa de relaciones causa-efecto del artículo La búsqueda del sentido, el comienzo de todo (1) y los 8 bienes humanos del segundo artículo. El resultado es el siguiente mapa:

El mapa muestra las tres perspectivas del actuar humano. Para quienes estén familiarizados con los mapas estratégicos de Kaplan y Norton (una de las herramientas del Balanced Scorecard) les resultará fácil saber lo que quiero lograr con este mapa. Lo mismo que Kaplan y Norton hicieron con las organizaciones, lo pretendo hacer yo con las personas. Kaplan y Norton pretendían describir la hipótesis del éxito empresarial para luego implementarla. Con el mapa que acabamos de observar pretendo hacer exactamente lo mismo, pero con las personas: describir la hipótesis de la felicidad personal, es decir, aquello que pensamos nos ayudará a conquistar los grandes objetivos de nuestra vida, para luego ponernos en acción.

La perspectiva superior es la perspectiva del sentido. Allí se encuentra la gran “visión” de la felicidad que anhelamos. Es una visión muy concreta, no es algo etéreo. Es un conjunto de objetivos que se ubicarán siempre bajo el alero de los 8 bienes básicos: (1) vida, (2) conocimiento, (3) experiencia de la belleza, (4) juego/trabajo, (5) armonía con los otros, (6) armonía en uno mismo, (7) armonía entre las elecciones y las acciones, (8) armonía con Dios. Todos los objetivos de nuestra vida siempre se encuentran bajo alguno de estos bienes. En estos 8 bienes se encuentra todo el bien que una persona pueda desear. No hay más. Repito: no hay más.

La perspectiva inmediatamente inferior, la perspectiva de la “acción”, nos muestra todo el conjunto de acciones que tenemos que realizar para conseguir los objetivos deseados. En ellos podemos identificar dos tipos de acciones: (1) los drivers y (2) las acciones subordinadas. Los drivers son las acciones cuya realización tiene la mayor cercanía y efectividad en la conquista de los objetivos deseados. Identificar cuáles son los drivers de nuestra vida es clave, pues conocidos, el camino se despeja. En otras palabras podemos decir que los drivers son el 20% de las acciones que producen el 80% de los resultados (Pareto). Por dar un ejemplo sencillo: si estamos gordos y queremos adelgazar saludablemente, los drivers para ello son dos: (1) disminuir el número de calorías y (2) aumentar el gasto de calorías con actividad física. ¿Cómo ponerlos en acción? Yendo a un nutricionista, por un lado, que nos indique una dieta adecuada, e inscribiéndonos en un gimnasio, por otro, para aumentar la actividad física. Estas últimas acciones son las acciones subordinadas, esto es, aquellas que nos permiten poner en acción los drivers. Creo que con esta explicación podemos dar por cerrada esta perspectiva.

La perspectiva de la base es la perspectiva del “ser/crecer”. Esta perspectiva nos dice que nuestra acción se sustenta en nuestra propia perfección personal, esto es, sobre nuestras virtudes. Estas virtudes pueden perfeccionar nuestra inteligencia (teórica y práctica), nuestra voluntad y nuestras emociones. Tenemos así virtudes intelectuales y morales. Las competencias y la inteligencia emocional, en el fondo, son virtudes. Sobre esto me extenderé más adelante. Por ahora me conformo con una explicación sencilla. La terminología que uso pertenece a la Ética. La virtud es una perfección de la conducta que tiene un alcance más “largo” que las competencias: el bien “moral”. Por ejemplo, la “empatía” como competencia persigue conocer las emociones del otro y sus intenciones con un fin instrumental: hacer bien un trabajo; la virtud de la empatía, en cambio, va más allá: le interesa entender al otro para hacerle el bien, para ayudarlo, porque nos interesa como persona. Es el bien moral. En definitiva, esta perspectiva agrupa todo el conjunto de conocimientos, habilidades técnicas, virtudes morales que debemos tener para conseguir las grandes metas de nuestra vida.

Lo primero que tenemos que hacer, sin embargo, es aplicar este mapa a  nuestra vida. Necesitamos, en primer lugar, conocer los grandes objetivos de nuestra vida. Por eso debemos partir por la perspectiva superior, la perspectiva del sentido, analizando cada uno de los bienes básicos. El primero que analizaremos es el bien de la vida.

1. La vida

El bien básico de la vida se refiere a la vida biológica y a todo lo que la sustenta: la salud, la alimentación, la habitación, el abrigo, la procreación. Es el bien fundamental. Todos queremos vivir. Deseamos con toda el alma estar vivos. De hecho, en cada cumpleaños celebramos la vida, nuestra vida. Estar vivos, además de ser valioso en sí mismo, es el fundamento de todos los otros bienes. Por eso es un bien que debemos proteger con esmero.

No obstante, hay obstáculos que, en mayor o menor grado, le hacen la guerra a la vida, a nuestra vida; como por ejemplo la enfermedad, el estrés o los accidentes. Si esto es así, debemos hacerles frente. Vencer la enfermedad, el estrés y recuperarnos de las secuelas de un accidente, o simplemente mantenernos en forma, son objetivos muy específicos que resguardan este bien. Nuestra felicidad plena en esta materia depende de cuán victoriosos salgamos de estas pequeñas batallas. Algunos ejemplos de objetivos para este bien son los siguientes:

  • Hacernos un tratamiento dental
  • Luchar contra la depresión
  • Tener una dieta más saludable
  • Adelgazar
  • Mejorar la condición física
  • Dormir más
  • Luchar contra el cáncer
  • Descansar

Todos tenemos algo por lo que luchar en este punto. Los invito a hacer el ejercicio de identificar cuales son los propios. En el próximo artículo continuaremos repasando los otros bienes básicos e identificando nuestros propios objetivos, muy concretos. Iremos descubriendo así, de forma muy práctica, la visión global de nuestra felicidad.

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